Mauricio Uribe, MD Editor Clínico Jefe

Carta Editorial

El tema de la resistencia bacteriana hacia los antibióticos es abordado en forma muy objetiva en el estudio que verán en el presente número de nuestra revista.

Es preocupante ver cómo la producción de nuevos antibióticos ha frenado su impulso en los últimos 10 años, permitiendo que la capacidad de mutación de cepas bacterianas logren alcanzar y superar a estos medicamentos “milagrosos” y nos pongan en una situación de desventaja. Actualmente existe poco incentivo hacia la industria farmacéutica para nuevos descubrimientos y especialmente en el campo de las infecciones oculares como conjuntivitis, blefaritis y la temida endoftalmitis, estamos cortos en armamento, lo que nos pone en constante riesgo.

El grano de arena que debemos poner está en el control mesurado e inteligente del uso antibiótico en diferentes patologías para disminuir la exposición innecesaria de medicamentos a bacterias que logren desarrollar resistencia y así poder darle tiempo a la industria a sacar nuevas opciones terapéuticas.

Algunos de los errores más comunes cometidos por el cuerpo médico es la formulación de antibióticos sin ningún criterio basado en cultivos bacterianos y/o antibiogramas. También el uso muy prolongado de estas sustancias así como posologías muy espaciadas donde intervalos largos permiten “acariciar a los agentes invasores” sin que logren afectarlos orgánicamente. Usar profilaxis prequirúrgica con un determinado antibiótico para luego en el post operatorio cambiar a uno diferente, es fortalecer al enemigo.

Siempre me he preguntado si saturar nuestras fórmulas médicas con antibióticos de última generación para casos cotidianos cuando lanzan al mercado un nuevo producto, es o no perjudicial a mediano y largo plazo, pues las casas farmacéuticas nos “hipnotizan” diciendo que es el momento perfecto cuando las debemos usar y no cuando nos enfrentemos a la bacteria resistente. Esto me parecería que acelera de algún modo el abuso antibiótico antes mencionado y por lo tanto nosotros mismos hacemos una gran contribución al proceso de deterioro de las nuevas moléculas.

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